Soltera en la Ciudad

lunes, 28 de julio de 2008

Ser soltera y sin pareja estable a los 30 en una ciudad como esta no es fácil. Siempre hay algo o alguien que se encarga de recordárnoslo de una u otra forma. Sea en una conversación, en una fiesta donde todos llegan en pareja, una amiga que te comunica su embarazo, o sea que en una tarde de sábado te intercepta un flamante auto adornado con cintas blancas, en cuyo interior saluda una sonriente novia mientras los vehículos a su alrededor tocan la bocina.

Pues yo tengo la suerte (siendo irónica) de que me lo recuerden todos los días, y dos veces… Cada día al salir del Metro, paso por una vitrina de una conocida multi-tienda. Aquella vitrina pertenece al área de “Novios” y muestra orgullosa una pareja de maniquíes con sus respectivos trajes nupciales. Al comienzo, sólo estaba la novia pero con el tiempo decidieron traer al novio también. Y cada cierto tiempo el vestido de “ella” cambia por uno cada vez más bello. Es mi paso obligado y camino más corto para llegar a la oficina por lo que no tengo otra alternativa.

Así que, ahí voy yo, a veces con sueño, a veces concentrada en mis pensamientos, o a veces “pajaroneando”, pero no hay caso, cuando paso justo al lado de los maniquíes, siempre miro, aunque sea de reojo, y veo los encajes, bordados y tonos blanco invierno de aquel vestido que jamás he usado. Y me pregunto, ¿cuándo será el día en que el vestido aquel salga de esa vitrina y sea yo quien lo use?

No es que se trate sólo de usar un hermoso vestido, ni andar con éste “en la cartera”. Es lo que ese vestido representa para mi… el compromiso de dos personas que deciden compartir sus vidas y dejar de ser un “yo” y un “tu” y empezar a ser un “nosotros”.
Es tener a ese cómplice con quien enfrentar las buenas y las malas, tener un proyecto de vida en común, con quien compartir las vacaciones y llegar de la mano a una fiesta.

Supongo que por más independiente y moderna que yo sea, en el rinconcito de mi corazón anhelo tener a ese alguien especial. Y hasta que esa persona llegue, porque realmente creo que llegará, tendré que enfrentar cada día, de ida y vuelta, a la pareja inmóvil de maniquíes nupciales, sin deprimirme en el intento.